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Tauromaquia, estoque vs rumiante

En diferentes partes del mundo aún se practica esta actividad que, más allá de un arte, es tan solo un acto más de violencia animal. Conoce más acerca de la tauromaquia.

El diccionario define la palabra como “el arte de lidiar con toros” sea sobre un caballo o estando de pie. Esta es una actividad lúdica que nace en el siglo XII en España como símbolo de valentía y destreza, y también como ritual de iniciación cuando el adolescente pasaba de la niñez a la adultez.

Es parte de la cultura de algunos países, donde se encargan de la cría del bovino, la vestimenta de los participantes y, a su vez, de todos los implementos de carácter publicitario para atraer a curiosos y fanáticos.

Es importante resaltar que este acto, al que muchos consideran una “obra de arte”, para otros no es más que un episodio de violencia y barbarie con testigos sedientos de morbo, que claman detallar cómo la arena absorbe el vital líquido y el último suspiro de un ser viviente que solo actúa por instinto, y que trata de apartar de su camino a aquel que lo molesta. Se supone que dicho evento es la representación de un héroe que lucha contra la bestia bravía.

Durante años, la ciudad taurina por excelencia fue Barcelona, en España, y había sido la única en el mundo que mantenía tres plazas de toros activas al mismo tiempo. Aunque en el Viejo Continente se diga que estas corridas de toros muestran el aprecio y el respeto por la fuerza del animal, cabe destacar que es todo lo contrario, aun más, cuando se supone que el humano es un ser racional.

Federico García Lorca, poeta y dramaturgo, en algún momento citó: “El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”.

La tradicion no justifica la crueldad y el sufrimiento ajeno.

La parafernalia no se hace esperar en estos actos: llamativas indumentarias, desfiles protocolares, equinos con protecciones, y un público que suplica con eufemismos de tortura la aparición del protagonista que, como conocemos, entregará su último aliento en la plaza ante la mirada punzante del humano, la punta del estoque y su infructuosa embestida final.

Sabemos que la carne de este animal es usada para alimentar a las masas, pero no es racional hacer un espectáculo con el sufrimiento ajeno o, como bien decía Manuel Vincent, “si el toreo es cultura, el canibalismo es gastronomía”.

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen solamente al autor.

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